No quiero que él llegue a ser sólo uno más en la lista de “los que no fueron”.
No quiero que deje de importarme su estupidez. No quiero que deje de estremecerme la visión de sus brazos. No quiero que, un día, llegue a serme indiferente lo que haga, lo que diga, lo que le ocurra. No quiero que, de pronto, no me impresionen sus ojos, no me haga sonreír su risa, no me afecte que me dé la espalda.
No quiero que sea así. Pero, por lo visto, va a ser. Va a ser, va a ser, va a ser. ¿Lo olvidaré? ¿Me va a dar lo mismo? No, no por favor. Cualquiera, pero no él. Mi ex, el viejo de 40, el donjuán de cuarta… a ellos los olvidé, mucho gusto, hasta luego y gracias. Pero no a él.
¿Soy capaz? Desde luego. A lo mejor en unos años, meses incluso, estaré riéndome de que él haya llegado a interesarme. Y ni voy a acordarme de la pena que estoy sintiendo ahora. Mas, en este momento, daría tantas cosas para que apareciera una esperanza que no encuentro… que es probable que no exista, en ningún lado.

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