Pasó.
Ya se cumplió una semana y no fue taaan terrible.
El viernes lloré mucho. El sábado no lloré, ya que se me iba a correr el maquillaje. Y el domingo lloré un poco. Los días que siguieron, aparenté la más absoluta normalidad.
Él me hirió, por fin. Lo hizo con una palabra poco sutil, poco educada, pero muy clara, que no dejó lugar a duda acerca de lo que debía hacer. Creo que fue eso lo que más me dolió: lo definitivo, lo devastador de la conclusión que hube de sacar al analizar su acto; yo no podía seguir teniendo esperanzas después de eso, yo no podía seguir… “queriéndolo”. Y eso me propuse. Me formulé el propósito de aprender a vivir (y disfrutar de) mi actual soltería y/o de buscar una presa más segura o con mejores atributos, o ambas cosas. No sé si me ha resultado; es muy pronto para sacar cuentas, sin embargo, mentiría si dijera que aún no conservo aunque sea una pequeña esperanza… todavía creo que me puede llegar una disculpa, que puedo recibir una mirada y que todo volverá a empezar hasta que de una vez por todas se cumpla lo que he anhelado tan fervientemente todo este tiempo. Porque es verdad que lo que he sentido por él me ha consumido entera, sin piedad. Escribí que “lo quiero”, porque no sé de qué otra manera expresarlo: es una locura que me envuelve y me hace girar alrededor suyo, a cada hora, en cualquier lugar, despierta o en sueños. Mi mayor esperanza (sí, mi otra esperanza, en vista de que la esperanza de que un día me ame es levemente-harto-improbable, al menos como quedó el panorama entre nosotros) es que esa locura sea sólo deseo. De ese modo, se facilitaría mucho mi situación. Porque el deseo, como todas las cosas de este mundo, se acaba. Mas cuando se acaba, no duele... a diferencia del amor.PD: O , al menos, no duele tanto, ja.

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